miércoles, 30 de mayo de 2007

TAUNUS: Miradas, Superficie y Esencia

Lucy Varón Valencia.

Miradas de superficie y esencia sugeridas por el texto "Autopista del Sur", en el que el pretexto del trancón en la autopista, dirección París, posibilita, a través de indicios concretos, hablar de las naturalezas humanas de cada una de las personas que viven la odisea de la espera en la ruta mencionada. La constante mención a los carros, a las marcas de los mismos, las actitudes de sus ocupantes, sus acciones, reflexiones, ilusiones, encuentros y desencuentros van conformando cuadros patéticos en los que Cortázar pinta, con un realismo descarnado, las múltiples reacciones de esa larga y variada gama de marcas-seres que participan en el embotellamiento.

Intento por incursionar las cajas-carros que encierran seres y tratar de develar y comprender esa superficie "aparente" que reviste en una primera instancia a los carros y que termina definiendo por ósmosis casi, la esencia de quienes ocupan los vehículos. Cajas-carros que mirados desde lo alto de la autopista, dan la sensación primera de ser de cristal a las que les basta "mirarse para luego aislarse"; volverse a mirar más tarde, para iniciar otros aislamientos que desembocan, más tarde, en miradas-encuentros que terminan finalmente en una suerte de total desbandada, a manera de huída final...

Mirarse y aislarse, para mirarse nuevamente y descubrir que se impone otra forma de mirada, no la que provoca un encuentro de coches en una autopista, que es siempre fugaz, efímera, apenas perceptible, en suma lo explicitado por el término autopista. No. El término autopista adquiere nivel simbólico en la escritura de Cortázar, al desdoblarse en sus contenidos.

En efecto, automovilistas acalorados, al citar Cortázar a Arrigo Benedetti: "...Parecen no tener historia...". Seres sin historia aparente los que conforman los grupos vecinos, contrarios en su mayoría y que van, en sus acciones, construyendo unas formas particulares de miradas en superficie y en profundidad, para develar(nos) múltiples facetas apenas sospechadas de condiciones humanas.

En todos está presente la noción angustiosa del tiempo del trancón, las ansias de avanzar, frustradas por el continuo y cada vez más lento detenerse:

“El calor de agosto se sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para que la inmovilidad fuese más enervante. Todo era olor a gasolina, gritos destemplados de los Jovencitos del Simca, brillo del sol rebotando en los cristales y en los bordes cromados, y para colmo la sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas pensadas para correr”.

Impaciencias que arrancan un constante mirarse para volver a avanzar: derecha, izquierda; presencia implacables del tiempo, en un regreso a París que parece durar las cuatro estaciones en términos de diacronía. Tiempo que por extensión y simbología se torna sincrónico para expresar la duración de la vida:

“... al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa”.

(...)

"...uno de los hombres del Taunus que se había acercado a charlar..., mostró irónicamente la copa de un plátano solitario y la muchacha del Dauphine recordó que ese plátano (si no era un castaño) había estado en la misma línea que su auto durante tanto tiempo que ya ni valía la pena mirar el reloj pulsera para perderse en cálculos inútiles".

Duración de vida: sensaciones y vivencias convergentes de todo orden. Fuerza de una situación inesperada para confrontar, tanto a coches como a personas. En la confrontación afloran toda suerte de situaciones, develando condiciones humanas insospechadas. En todas ellas, la obsesión desesperada por el tiempo:

"...sin que otra sombra apenas entrevista a la distancia se acercara como para poder sentir de verdad que la columna se estaba moviendo aunque fuera apenas, aunque hubiera que detenerse y arrancar y bruscamente clavar el freno y no salir nunca de la primera velocidad, del desencanto insultante de pasar una vez más de la primera al punto muerto, freno de pie, freno de mano, stop, y así otra vez y otra vez y otra".

Cada coche es una historia personal que se torna colectiva en la espera traducida en la vivencia concreta de estaciones. Poder de la palabra-imagen de Cortázar para comunicarnos a través del trancón el paso del tiempo y con él, simbólicamente, el manejo de vidas y conductas.

Indicios claros del Verano, en el que sitúa el comienzo del trancón, hacen más intensa la preocupación por el tiempo. Cada alusión al calor, al sol fulgurante, a la sed de los ocupantes de los coches, conforman cuadros tales como: “No atardecerá nunca, la vibración del sol sobre la pista y las carrocerías dilataba el vértigo hasta las náuseas. Los anteojos negros, los pañuelos con agua de colonia en la cabeza, los recursos improvisados para protegerse, para evitar un reflejo chirriante o las bocanadas de los caños de escape a cada avance, se organizaban y perfeccionaban, eran objeto de comunicación y comentario”.

Organización, perfeccionamiento, comunicación y comentarios que van tanto creciendo como decreciendo en las filas que conforman el trancón. Asomo de solidaridad, gestos de generosidad, de egoísmo, de indiferencia, de ternura, de escepticismo de buen tono; toda suerte de sentires, acciones y preocupaciones afloran en cada personaje de cada grupo que se forma, como manera de asumir el trancón en un verano que ya declina:

“Hacía ya rato que la gente prefería salir lo menos posible de sus coches: la temperatura seguía bajando y a mediodía empezaron los chaparrones y se vieron relámpagos a la distancia”.
(...)
“De todas maneras hacía cada vez menos calor y la gente parecía esperar la llegada de la noche para taparse con las mantas y abolir en el sueño algunas horas más de espera... Un hastío sin nombre pesaba sobre ellos al anochecer; se esperaba más del sueño que de las noticias siempre contradictorias o desmentidas".

Otoño: Mediador en aras a una supervivencia. Presencia del frío y con él anhelos de refugiarse en el sueño, como forma de escape y de reencuentro. Sensaciones de hastío que llegan a deserciones, a suicidios. Poco a poco, el trancón, que en un principio despertó tanta impaciencia por el tiempo, se asume sin prisa. Ahora, la preocupación se orienta a protegerse del frío. Frío que se intensifica y crea atmósferas de más intimidad, de más acercamientos, de más solidaridad. Ingenio de todos por lograr maneras de encontrar calor tanto interior como exterior.

Delirios, fiebres, a las que siguen nieves que amurallaban poco a poco los autos:

“Todo ese día y los siguientes nevó casi de continuo, y cuando la columna avanzaba unos metros había que despejar con medios improvisados las masas de nieve amontonadas entre los autos".
Invierno: Lucha por sobrevivir, tráfico con las vituallas. Capacidad enorme de ayuda mutua. Anhelos también de encontrar calores humanos:

“En la noche los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás, los ojos estaban ciegos como la sombra misma. Bajo mantas sucias, con manos de uñas crecidas, oliendo a encierro y a ropa sin cambiar, algo de felicidad duraba aquí y allá”.
(...)
“Por las tardes el chico del Simca se trepaba al techo de su coche, vigía incorregible envuelto en pedazos de tapizado y estopa verde. Cansado de explorar el horizonte inútil, miraba por milésima vez los autos que lo rodeaban; con alguna envidia descubría a Dauphine en el auto del 404, una mano acariciando un cuello, el final de un beso".

Invierno que cala huesos y sentimientos devolviendo humanismo, ternura, solidaridad. Igualmente generador de vida y de muerte, en una autopista que simboliza la ruta de la vida:

“Al ingeniero, que había acabado por ceder a una indiferencia casi agradable, lo sobresaltó por un momento el tímido anuncio de la muchacha del Dauphine, pero después comprendió que no se podía hacer nada para evitarlo y la idea de tener un hijo de ella acabó por parecerle tan natural como el reparto nocturno de las provisiones o los viajes furtivos hasta el borde de la autopista."
(...)
“Tampoco la muerte de la anciana del ID podía sorprender a nadie. Hubo que trabajar otra vez en plena noche, acompañar y consolar al marido que no se resignaba a entender”.

Epifanías y partidas, vividas y asumidas en el espacio de la autopista, ruta para la velocidad y para la lentitud como formas de vida del hombre. Invierno que cede poco a poco, luego de lluvias y vientos que pusieron a prueba ánimos, aumentaron las dificultades y lograron de todos modos conservar el espíritu de unión de los diferentes grupos. Permanente vigilia por sobrevivir. Renovación del tiempo al que acompaña el cambio de ánimo de cuantos conforman el trancón.

Indicios de cambios temporales que anuncian otra primavera como renovación de fuerzas, y, nuevamente, un verano anunciador de avances:

“Todo sucedía en cualquier momento, sin horarios previsibles; lo más importante empezó cuando ya nadie lo esperaba... Trepado en el techo del Simca, el alegre vigía tuvo la impresión de que el horizonte había cambiado (era el atardecer, un sol amarillento deslizaba su rasante y mezquina luz) y que algo inconcebible estaba ocurriendo a quinientos metros, a trescientos, a doscientos cincuenta... Entonces oyeron la conmoción, algo como un pesado pero incontenible movimiento migratorio que despertaba de un interminable sopor y ensayaba sus fuerzas...”.

Lentitud de cada estación. Tiempo detenido que se vuelve personaje único. Un tiempo de la Autopista que endulza a las frutas y tiene el poder de resecar como a las hierbas, de ennoblecer frente a situaciones inimaginables, de compartir dolores y sueños.

Verano agónico en el que el afán de un regreso al origen, de repente se detiene y nos devuelve imágenes nostálgicas por ese sorpresivo estatismo que cambia todos los órdenes y planes, pero devuelve, sorpresivamente sonrisas y esperanzas por un destino detenido...

Verano, otoño, invierno, primavera, que como elementos constantes y aleatorios a la vez, sugieren y develan a cada carro: ser, seres en comportamientos que asombran, no por lo que asoma en cada uno de ellos y nosotros, sino en sus conciencias. Fluir de conciencias que sorprenden y cuestionan por cuanto encarnan cada una de ellas y que se muestran en lo que son y no son: solidaridad fugaz, permanente, coyuntural en la que afloran naturalezas humanas maravillosas y horrorosas.

Circunstancias de la vida que obligan a que nos desenmascaremos y dejemos fluir lo que somos.

¿Y qué somos?: Virtudes y sentimientos a los que nos negamos siempre. Autopista al Sur como destino que desenmascare el proceso de vida de cada personaje y descubra en él capacidades humanas insospechadas y abra perspectivas de renovación, así la huída final deje sabores amargos, experiencias maravillosas y penosas. Lazos de amistad consolidados, uniones iniciadas para devenires posibles en común.

Trancón de autopista, como mirada de superficie primero, luego en profundidad tal, que convoca a mirar cada ruta emprendida con encuentros, desencuentros, nostalgias por lo vivido en grupos nunca imaginados en tanta unión. Añoranza con sabor a decepción y desilusión ante un trancón que se diluye y con él, desaparecen todo un tiempo y vida compartidos:

Taunus absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se distribuirían los alimentos, habría que visitar a los enfermos, examinar la situación con el campesino del Ariane; después, sería la noche, sería Dauphine subiendo sigilosamente a su auto, las estrellas o las nubes, la vida. Sí, tenía que ser así, no era posible que eso hubiera terminado para siempre. Tal vez el soldado consiguiera una ración de agua, que había escaseado en las últimas horas; de todos modos se podía contar con Porsche, siempre que se le pagara el precio que pedía. Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera de la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia delante”.

Experiencia del trancón que transforma en el fondo la visión del tiempo perdido en el tiempo recuperado para la vida.
Fotografía: Andrés Torres Guerrero.

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